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Xosé Humberto Baena, el gallego condenado por un crimen que siempre negó: la historia del último fusilado del franquismo

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Cincuenta años después de ser asesinado injustamente por el régimen franquista, el nombre de Xosé Humberto Baena Alonso (1950-1975), joven «idealista» y militante antifascista, forma parte de la historia de España por ser el último fusilado de la dictadura el 27 de septiembre de 1975, tras ser condenado a muerte en un proceso que su familia siempre ha denunciado como una «farsa».

Su hermana, Flor Baena, relata en una entrevista con Europa Press el largo camino recorrido durante medio siglo para defender la inocencia de Xosé Humberto y lograr la nulidad de su sentencia, reconocida finalmente por el Gobierno de España el 16 de julio de 2025.

En la memoria de Flor, Xosé Humberto no es solo una víctima de la represión, ‘Pite’ –como lo llamaba su familia– sigue siendo aquel joven profundamente humano que llegaba a casa con animales heridos que encontraba por el camino.

Era el chico que regalaba su bocadillo a un compañero que no tenía para comer, o que regresaba a casa empapado y en zapatillas viejas porque le había entregado sus zapatos nuevos a un limpiabotas que trabajaba bajo la lluvia en la calle Príncipe.

«Nadie te hablará mal de él, nadie», asegura Flor, quien recuerda a un hombre que se llevaba bien «con los de la más alta aristocracia y los de los más bajos sitios». Según relata, el compromiso político de Xosé Humberto nació de esa sensibilidad y siempre vinculada a la defensa de los derechos de los trabajadores, de hecho, fue el primero de mayo de 1975 cuando forjó su destino sin saberlo.

Aunque no acudió a la manifestación de aquel año, un policía mató de un tiro al aire a un trabajador vigués durante las protestas y esto motivó que Xosé Humberto y otros amigos pusieran una corona de flores y una esquela en el periódico con la frase ‘Muerto por la represión policial’, un gesto que pondría su nombre en las listas de la policía, que comenzó a detener a todos los involucrados.

Tras verse obligado a huir para evitar su detención, Xosé Humberto llegó a Madrid con la intención de «seguir luchando por los compañeros» y fue allí donde su situación dio otro giro, pues fue arrestado bajo la acusación de asesinato a un policía el 14 de julio de 1975.

«ÉL QUERÍA LUCHAR PERO NO MATANDO»

Su hermana insiste en que se trató de una acusación «imposible», ya que el día anterior se encontraba en la frontera con Portugal. «Era imposible que, con un coche viejo, llegara de la frontera a Madrid en ese tiempo», señala.

El proceso judicial que siguió fue, según relata su hermana, una vulneración sistemática de derechos. Se le aplicó una ley de excepción dictada después de su detención y se le sometió a un consejo de guerra pese a ser civil.

Flor describe el juicio como una «farsa» donde no se permitió ni una sola prueba. «Había tres señoras y un señor que vieron al autor material y afirmaban que era físicamente distinto a mi hermano, pero no les dejaron declarar», relata.

Tampoco se permitieron pruebas de balística ni huellas dactilares y, en apenas cinco días, fue condenado a muerte. «Fuimos a verlo y él se ratificó en que, bueno, en que él no había hecho nada de eso, porque además no eran sus ideas, porque él quería luchar por el bienestar de los obreros, pero no matando a nadie», asegura su hermana.

«Tenía un ojo que casi no podía abrir por los golpes… nos dijo que le habían golpeado hasta que le pusieron delante una confesión que no sabía ni qué decía», denuncia Flor, quien insiste en que su hermano mantuvo su inocencia hasta el último suspiro.

«Papá, mamá, me ejecutarán mañana. Quiero daros ánimos. Yo muero pero la vida sigue. Recuerdo papá, que me dijiste que fuese valiente, como buen gallego. Lo he sido. Por eso, mañana cuando me fusilen, pediré que no me tapen los ojos para ver la muerte de frente», dejó plasmado en su última carta.

«SON TODOS LOS MISMOS PERROS CON DISTINTOS COLLARES»

Sin embargo, el asesinato de Xosé Humberto no detuvo la represión contra los Baena; al contrario, la intensificó. Flor relata una odisea de décadas marcada por el miedo y la violencia. Tras el fusilamiento, la familia tuvo que soportar cómo la policía «robó» el cuerpo de su hermano interceptando el coche fúnebre en O Porriño para enterrarlo en el cementerio de Pereiro sin la presencia de sus allegados.

«A mi padre le dolió muchísimo que, después de muerto, aún se lo hubieran robado», lamenta emocionada Flor, quien asegura que su padre falleció con la duda de si era el cuerpo de su hijo el que se encontraba en el nicho.

Ya entrada la Transición, en 1976, tras un intento de la familia por reabrir el caso, su casa fue incendiada. «Quemaron libros, papeles… todo para quemar los documentos que llevaba mi padre», relata Flor, recordando que incluso mataron a tiros al perro de la familia.

Flor Baena relata cómo una de las testigos se puso en contacto con su padre para confesarle el «remordimiento» que la perseguía, pues confesó que, tras ver la imagen de Xosé Humberto en televisión, acudió a la comisaría para advertir de que el joven detenido no era la persona que ella había visto disparar.

Sin embargo, la respuesta policial fue una amenaza velada. «Un oficial que tenía galones, jugando con el revólver encima de la mesa, le dijo: ‘Señora, váyase y olvídese de eso, que son todos los mismos perros con distintos collares'», narra Flor. «Ella nunca creyó que lo llegaran a matar; pensó que igual lo prendían, pero no que lo matarían», añade.

Pero el acoso se prolongó mucho más, extendiéndose incluso hasta los 2000, según relata Flor, quien revela que su hermano mayor, Fernando, recibía amenazas mientras estaba en el Ejército. «Le decían que si yo seguía andando en esas cosas, me iban a liquidar a mis hijos y a mí», asegura.

Finalmente, fue una abogada laboralista quien, finalmente, ayudó a Flor y asumió el caso de forma gratuita en 2002 para saldar una «deuda» moral que tenía su marido con el joven fusilado.

REPARACIÓN TRAS MEDIO SIGLO DE LUCHA

El 16 de julio de 2025, el Gobierno de España emitió finalmente la Declaración de Reconocimiento y Reparación Personal que declaraba ilegales, ilegítimas y nulas las sentencias dictadas contra Xosé Humberto Baena, un hito que supuso el fin de una batalla que Flor Baena ha liderado durante décadas.

«Me llevé una alegría enorme pero después me entró una llorera… Empecé a llorar en el coche. Decía yo, ¿y todo esto ahora de qué me vale? Tengo esto en la mano, es el reconocimiento de que todo fue una farsa, que fue injusto, que el tribunal era ilegal, un montón de cosas, pero él está muerto. A él no le hacen nada», asevera emocionada.

Además, casi medio siglo después, asegura haber identificado al verdadero autor material del crimen del que fue acusado su hermano, sus sospechas se confirmaron tras años observando a un hombre que acudía a la tumba de Xosé Humberto cada aniversario.

Finalmente, decidió confrontarlo en una reunión vecinal y, según relata, el hombre no lo negó y rompió a llorar, aunque rechazó confesarlo públicamente alegando que «ahora ya no vale la pena».

Para ella, la reparación no es completa si no se traduce en educación, recientemente se ha dirigido a la ministra Mercedes Tolón a través de una carta para solicitar que la historia de los últimos fusilados del franquismo se incluya explícitamente en los libros de texto.

«Es bueno que los jóvenes sepan lo que pasó porque en aquella época murió mucha gente y ellos no se imaginan la de cosas por las que hemos luchado. Yo tengo ido a dar charlas a los institutos y a la universidad y resulta que los chicos de 17 o 18 años no tienen ni idea; algunos me dicen que eso no pudo pasar aquí en España porque no saben nada. Les digo que pregunten a sus padres o abuelos, porque hay chavales que hoy dicen ‘ojalá viniera Franco’ y no saben lo que era vivir así», concluye.

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