Tras la sentencia del Juzgado de Primera Instancia de Ferrol del pasado 4 de diciembre en la que se anulan los cargos contra José Varela porque en el año 1942 tenía un texto de Indalecio Prieto, uno de sus hijos insta a más familias en esta situación a seguir sus pasos y «presentar una reclamación».
Cuatro años antes del estallido de la primera guerra mundial, allá por el 2010, nació José Varela Cachaza. A consecuencia de otro conflicto bélico, esta vez nacional, fue condenado a 20 años de cárcel. El delito de poseer un texto del socialista Indalecio Prieto derivó finalmente en tres inviernos interno en el Castillo de San Felipe de Ferrol.
Ahora, 83 años después de su entrada en prisión, el Juzgado de Primera Instancia número 6 de Ferrol ha declarado nula la condena impuesta sobre él en mayo del 42. Junto al ferrolano, ha quedado exento de cargos Miguel Mendiguchía, fusilado en 1936.
La sentencia, pionera en Galicia, ha dejado una sensación «agridulce» en la familia Varela. Pues, aunque para su hijo Pepe Varela ha sido «como sacarse una espina tras tantos años de lucha», también ha reconocido, en conversación con Europa Press, sentir «pena» porque ninguno de sus padres haya podido vivirlo.
MEMORIAS DE SU PASO POR PRISIÓN
En la prisión ferrolana comían de primero sopa «sin agua» y de segundo patatas. Pepe, su hijo, ha relatado cómo, tras rebelarse al alcaide con motivo de la hambruna, la propuesta del encargado de la prisión de darles un único plato más contundente fue declinada por parte de los reclusos.
«Tenían la convicción de que si les daban uno al principio iba a ser un poquito mejor, pero después acabaría siendo igual que el segundo (plato) que tomaban en aquel momento», ha resumido.
Las reivindicaciones en las prisiones franquistas gallegas no eran habituales y, cuando se producían, solían tener un carácter simbólico. En las memorias de Xerado Díaz, recluso en A Coruña a principios de los 40, se identifica un «estallido de aplausos» producido después de que todos los internos se negaran a acudir a misa.
Pepe, el mayor de tres hermanos, nació cuando su padre ya llevaba cinco años en libertad. La misma cuchara que se trajo su progenitor de la cárcel era la que utilizaba él para comer, pues la «gastada alpaca» le gustaba de niño.
Varela padre llegó a ser campeón de boxeo de Galicia antes de ser encarcelado. Y, pese a haber protagonizado cientos de combates, siempre les contó a sus hijos que la vez que «peleó con más rabia» fue cuando otro interno trató de lastimar a un compañero de barracón. Este colocó un clavo en la colchoneta sobre la que dormía y a la que, habitualmente, accedía dejándose caer en plancha con una pirueta.
Pepe ha recalcado que su progenitor «nunca» les ocultó su pasado. Es más, que contara anécdotas era de lo más habitual para ellos. Varias de ellas se le han quedado «grabadas en la memoria».
«Había un preso analfabeto que le pidió a mi padre que le enseñase a escribir. Con el tiempo, le enseñó a escribir, a sumar y a restar. Le mandaba cuentas y él se las corregía. La madrugada que lo llevaron al paredón a fusilarlo le dijo: Te quedan las cuentan encima de la cama, que creo que esta vez me salieron bien», ha rememorado.
«Había muchos profesores que impartían clases. Estaban sentados en el suelo rodeados de alumnos que, con lápices y cuadernos, aprendían de los mayores lo que no pudieron hacer de jóvenes. También había quienes enseñaban inglés y francés, e incluso un catalán que enseñaba alemán», recordaba Xerardo Díaz en sus memorias referidas a la prisión de A Coruña.
La condición de varón de José Varela, aspecto diferenciador respecto a sus tres hermanas, le permitió quedar «exento del servicio militar». Se entendía que era él quien «sostenía a la familia». El padre de José moriría antes de su entrada en prisión, mientras que al entierro de su madre tuvo que asistir con la compañía de un guardia civil.
El guardia civil en cuestión era su cuñado, hecho que le otorgó ciertos privilegios. Pues lo habitual era que «dos soldados armados» llevaran a los internos a este tipo de ceremonias funerarias.
LA REPERCUSIÓN POSTERIOR
José Varela Cachaza quedó libre en 1944, pero no recuperó su trabajo. A Pepe le prohibieron la lactancia materna en sus primeros meses y el precio de la leche era «un poquito más» que el sueldo que percibía José Varela como «peón en la empresa portuaria».
La «marca» también fue social y repercutió sobre sus hijos. Pepe no se dio cuenta de ello hasta una vez llegada «la adolescencia». «Cuando llegas a la adolescencia es cuando tomas conciencia de la diferencia de poder adquisitivo de unos y otros. Nosotros nunca tuvimos ni siquiera una moto. Mi padre iba en bicicleta», ha expuesto.
El sentimiento de «inferioridad» que padecieron llevó tanto a Pepe como a su hermano Paco a hacerse comunistas. «Era la forma que encontramos de rebelarnos contra un sistema que veíamos que era claramente injusto», ha expuesto. Su decisión, eso sí, no fue del agrado de su padre, quien se caracterizaba más por ser un «socialdemócrata galleguista».
Cuando la conversación parecía finalizada, Pepe ha querido dar valor a su madre Antonia, pues «sin ella no habrían sobrevivido». «Ella cultivaba una huerta detrás de la casa y atendía a las gallinas y al cerdo que teníamos. De noche, además, cosía chaquetones de paño que eran fundamentales para aquella economía precaria», ha narrado.

