«Si el centro no abre, no sé que va a pasar con nuestros familiares. Ojalá me llamen pronto y me digan: ‘Traedlos cuando queráis'». El único deseo de esta mujer que habla es que se retome lo antes posible la actividad en el centro de día en el que atendían su marido, que se encuentra en silla de ruedas y sufre un gran deterioro físico y mental. «Desde que empezó el confinamiento, todo fue para atrás», relata. «No come lo que tiene que comer, me escupe las pastillas, no quiere dormir porque descontroló el sueño, no habla y apenas tenemos conversación…».

Un día tras de otro, esta mujer se yergue para ir a trabajar, lo deja en la cama y le enciende la televisión «para que tenga un poco de barullo de fondo». Dice que no lo deja en la silla de ruedas porque si no su cabeza no queda tranquila mientras atiende su pequeño negocio «que hay que abrir sí o sí porque no queda otra». Apura el cierre todo lo que puede para regresar a casa y darle la comida al marido. Ya luego, en el poco tiempo que pueda quedar antes de volver al trabajo, come ella. Excepto unas horas en las que esta mujer paga de su bolsillo a otra mujer que venga a atender un rato a la mañana y otro a la tarde, el hombre se queda sólo en la casa, acostado en la cama y con la tele como única compañía. «Te garantizo que esto no es nada fácil», asegura ella. «Como sigamos así quedará en una cama para toda la vida».

LOS SIS Y NOES DE FEIJÓO

El centro de día al que llevaba su marido durante toda la jornada echó el cierre con la declaración del estado de alarma. Como todos, había previsto su regreso para el día lunes, 1 de junio, atendiendo al protocolo de desescalada fijado por la Xunta de Galicia el 12 de mayo y enviado posteriormente a todos los centros de día para su aplicación. Sólo tres días antes de esa esperada reapertura, el viernes, 29 de mayo, el presidente del Gobierno gallego, Alberto Núñez Feijóo, compareció frente a los medios y anunció que esa apertura no se iba a producir hasta el mes de septiembre. La noticia cayó sobre los centros, familiares y usuarios como una jarra de agua fría. La desescalada de los centros de día desaparecía repentinamente de los protocolos y dejaba en pañales a cientos de familias que habían organizado su vida y su trabajo en torno la esa reapertura.

Las protestas no se hicieron esperar y Núñez Feijóo no tardó en salir al paso para dejar una puerta intermedia abierta: la posibilidad de ofrecer una atención individualizada y con cita previa. «Algo totalmente inviable a no ser que seas una gran empresa que ofrece residencias, centros de día y atención a domicilio», denuncia la directora del Centro de día ‘Raiola’ de Verín. «Feijóo se dedica a facilitarle la vida a sus amigos», se explica Chelo Ferreiro, que cree que el «desconocimiento» de cómo funciona un centro de día lleva al gobierno a tomar decisiones «descabelladas»: «No somos una guardería, somos un centro de día donde nuestros usuarios están por medias jornadas o jornadas enteras. Hablamos de terapias continuas». Además, Ferreiro también tiene en cuenta ese otro papel importante de los centros en la conciliación laboral y familiar. «El daño está hecho desde muchas perspectivas; y claro está que esto es una tomadura de pelo más del señor Feijóo».

LAS RESIDENCIAS COMO ÚNICA OPCIÓN

Sin duda la peor parte la sufren los propios usuarios. En el centro de Verín la mayor parte de los mayores tienen demencia, y todos aquellos avances a nivel físico y cognitivo que habían ido adquiriendo durante los últimos tiempos se están perdiendo de manera acelerada desde que comenzó el confinamiento. «Se vienen abajo. Las familias me cuentan cómo dejan de comer, cómo dejan de moverse, cómo pasan de caminar a estar en una silla de ruedas. Es muy triste escuchar todo esto y no poder hacer nada», habla Chelo. «El señor Feijóo se tenía que tomar la molestia de ir a hablar con cualquier familia y ver sus lágrimas como las estoy viendo yo».

De lo poco que habla, a veces el hombre que está en la silla de ruedas le pregunta a su mujer por qué tiene los ojos llorosos. Ella le dice: «No, hombre, no. Tranquilo, que no pasa nada». A esta familia una cita previa no le soluciona nada. «Yo necesito compaginar mi trabajo con mi marido. Lo llevo al centro de día para que tenga unos buenos cuidados de higiene y alimentación; no para una terapia concreta», explica la mujer.

Cuando se siente muy agobiada le pasa por la cabeza la opción de meterlo en una residencia de mayores. «No soy capaz, llevamos muchos años juntos… Pero si el centro de día no abre tendré que hacerlo, porque se sigo así, acabaré también yo metida en uno». Las dificultades de la conciliación derivadas del cierre de los centros de día está provocando que muchas familias decidan ingresar a sus familiares en residencias. «Yo creo que Feijóo lo que está buscando es precisamente esto, deshacerse de los centros de día y meter a toda la gente en residencias. Lo que quiere y que nosotras como cuidadoras no podamos más y tengamos que acabar recurrindo a ellas», piensa esta mujer. «Él también tiene familia, entonces… No sé que decir».

En el caso del Centro de Día de Verín ya hay, por el momento, dos familias que tomaron la decisión de meter a sus mayores en un centro residencial. Entre «desesperación» y «enfado», Ferreiro habla de una «ruína a todos los niveles» que evidencia la necesidad de replantear el sistema de dependencia. Con las puertas cerradas «a cal y cuanto» y todos los trabajadores en ERTE, Chelo Ferreiro teme por el futuro del centro de día de Verín, que cumplió su primer año de vida en medio del confinamiento. Ella, que también es enfermera y «trabajadora antes que jefa», tiene claro que no se va a rendir ni a tirar la toalla. Después de tres meses cerrados, «el menor de los problemas es el tema económico». «Mis familias están sufriendo enormemente; necesitamos que nos muestren un poco de humanidad: ¿en qué momento decidieron cerrar los centros de día mientras se permiten las visitas a residencias o se da carta blanca para retomar cualquier otra actividad?», se pregunta.

Además de las personas mayores, también las personas con diversidad funcional están padeciendo las consecuencias de estos cierres. De hecho, un grupo de madres acaba de impulsar una recogida de firmas dirigida a la Xunta para exigir su reapertura. «No es por capricho, sino por la necesidad que tienen nuestros hijos de retomar sus vidas como cualquier otro miembro de la sociedad», indican. Después de tres meses, muchas personas con discapacidad están «desarrollando patologías indeseadas: trastornos del sueño, aislamiento, miedo, agresividad, retroceso en el lenguaje…». Consecuencias de la ruptura de unas rutinas que las familias enfrentan «sin saber cómo ayudarles a superarlas».

«NO ES UNA CUESTIÓN DE MIEDO Al CONTAGIO»

Chelo Ferreiro también critica con dureza las órdenes contrapuestas de la Xunta de Galicia en lo que se refiere a protocolos. Días antes del 1 de junio, ella y sus trabajadores ya habían puesto a punto todas las condiciones que exigían en el protocolo de mediados de mayo y habían recibido la formación necesaria por parte de una empresa de prevención de riesgos laborales. Cuando ya estaba todo adaptado para abrir las puertas, la Xunta «dijo que nada de lo que se había hecho valía». «Nos tuvo tres días conectados a Zoom viendo cómo una enfermera de León se dedicaba a leernos el protocolo en castellano mediante unas diapositivas que aparecían tituladas como ‘La Junta de Galicia’. Apaga y vámonos», denuncia Chelo.

«No querer abrir los centros no es una cuestión de miedo al contagio, si no Feijóo no estaría obrando como está obrando. Esto tiene trasfondo». Mientras las trabajadoras y las familias sueñan con ese día en que sus usuarios puedan regresar «a su cole», las vidas de todos ellos siguen trastocadas. Chelo cuenta que una de las señoras que estaba atendida en el Centro de Día de Verín acaba de fallecer. «Tuvo un retroceso tremendísimo desde que cerramos. Yo recibía constantemente llamadas de la nieta y de la hija en las me contaban que se nos iba, que se había venido abajo, que preguntaba todos los días porque no la dejábamos ir a su cole. Es penoso que nadie esté haciendo nada», reivindica.

Al hombre que está en silla de ruedas le gustaba mucho hablar. «Cuando lo llevaba al centro de día me venía comido, limpio, cansado para dormir bien y, sobre todo, contento». Algo no funciona cuadno cientos de familias pasan por situaciones como ésta sin que nadie ponga atajo. «No sabe Feijóo el daño que está haciendo a toda esta gente», remata por decir esta cuidadora. «Hay que abrir».

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