La humanidad siempre ha visto al lobo como uno de sus principales enemigos, bien porque fuera el animal salvaje más temido por pastores y agricultores, bien porque dentro del colectivo humano ha quedado para siempre una imagen “ demoníaca” del animal. Así, durante siglos se fue tejiendo una “cultura del lobo” que abarca desde mitos, leyendas, supersticiones, ritos, acusaciones de “bestia del demonio”, además de haber creado todo tipo de instrumentos y técnicas para su persecución y eliminación.

Un ejemplo de esto último son los fosos de lobos, construcciones para atrapar a este animal introduciéndolo en una trampa de donde no podría salir. Allí, sería sacado a ser posible vivo para su escarnio y luego sacrificio. Recientemente en Viana do Bolo se restauró uno de estos fosos que, como curiosidad, es uno de los tres únicos en forma de “aspa” o cruz en todo el mundo, dentro de la provincia de Ourense, según el arqueólogo David Pérez.

LA COMPETENCIA POR EL ESPACIO

La clásica pirámide sobre los distintos seres vivos y su posición en la cadena alimenticia, colocaba al ser humano en la cúspide de la misma. Debajo, a unos pasos podría decirse, estaban los grandes depredadores, osos y lobos, sobre todo. Durante milenios humanos y grandes depredadores compitieron por el espacio vital. “Allí donde el ser humano reconocía a un gran depredador, si el modo de vida eran la ganadería y la agricultura, la relación era muy especial” describe el biólogo Xavier Vázquez Pumariño.

“En el hemisferio norte esa relación especial es con el lobo, secundariamente con el oso, más en Europa, Asia y Norte América” señala Vázquez Pumariño. Esa cultura era ambivalente, por una parte miedo y por otra un cierto respeto. Esto no impidió que a partir de la Revolución Industrial y sobre todo, con la llegada de las armas de fuego y el uso de veneno, el ámbito de actuación del lobo fuera reduciéndose cada vez más. En Galicia, lo mismo que el resto del Estado, fue desde la década de 1960 y 1970 cuando el número de lobos y su hábitat, se fueron reduciendo.

Los programas de restauración del lobo, así como su puesta en valor como elemento necesario en el equilibrio de un hábitat, llevaron en paralelo lo que Vázquez Pumariño denomina “cuentos”, como el que se soltaban lobos previamente criados en cautividad. “Es un clásico, cualquier persona que viva en el rural, en cualquier lugar del Estado, siempre dirá que son las autoridades quien sueltan a los lobos”.

En paralelo a esta recuperación de lobos, aparecieron denuncias de ataques de estos animales a ganado en semilibertad o a piezas de ganadería extensiva. “En el Reino Unido los lobos estaban ya extintos en la Edad Media, y sin embargo, a día de hoy tienen pérdidas económicas en ovejas y corderos por más de un millón de libras debido a ataques de cánidos” dice Vázquez. Dentro de la Europa continental y más en España, la mayoría de estos ataques son atribuidos al lobo, mientras tanto, no se habla de los perros asilvestrados o salvajes. “Para salir de dudas podría hacerse un análisis genético y así saber que animal atacó al ganado”.

La desaparición del lobo traería una serie de consecuencias. Estos depredadores modelan las comunidades de herbívoros, pues estos vivirían dentro de zonas donde perciben que estarán seguros. Al mismo tiempo, los herbívoros modelan el paisaje, con lo que, si se suprime al lobo aumentan las poblaciones de herbívoros y esto modifica totalmente el ecosistema. “También pueden ayudar a controlar algunas enfermedades del ganado, como la tuberculosis de las vacas, en el Reino Unido tienen problemas con esta enfermedad en las vacas” dice Vázquez, los transmisores serían los tejones, que ya no tienen a los lobos como depredadores. “El lobo caza presas con más problemas, más lentas o enfermas, como en este caso la tuberculosis”. Esta acción del lobo podía l imitar el número de vacas afectadas.

CULTURA DEL LOBO?

Davide Pérez, arqueólogo que participó en la restauración del Foso do Lobo en Viana do Bolo, destaca que “la mayoría de los fosos en toda la Península Ibérica son de tipo convergente, dos muros, o son corrales, redondos”. El conjunto restaurado en Viana tiene una característica especial “es de cruz, las paredes forman cuatro paredes convergentes en un agujero, como este foso solo hay tres”. Las dimensiones también eran reseñables, dos metros de altura por cien de largo para los muros y tres metros de fondo en el foso.

La colocación de este sistema para capturar lobos se hizo en una planicie elevada entre dos montes, “un paso natural para el ganado, las personas y el lobo”. Esta construcción tiene sus orígenes en la Edad Media según Davide Pérez.

Construcciones como esta prueban la existencia de una “cultura del lobo”, no solo por estas trampas, sino también por la huella inmaterial transmitida en cuentos y leyendas, así como dichos y toponimia. “Documentos medievales recogen que los sábados eran obligatorias las batidas excepto en Pentecostés, así como mantener en buen estado el foso” señala Pérez. El inicio de estas construcciones según ha constatado el arqueólogo seria alrededor del siglo VI y su uso activo perduró hasta el siglo XVIII. A partir del siglo XIX con el uso de armas de fuego y la especialización de “ monteiros” para la caza del lobo, dejan de usarse definitivamente.

COMUNIDAD ALREDEDOR DEL LOBO

La persecución del animal estaba incluso “bendecida” por la Iglesia por alinear al lobo con el mal. Esta idea transmitida desde los púlpitos reforzaba las órdenes o mandatos de los señores feudales. Tal como si fuera un servicio “militar” obligatorio, cada casa debía aportar por lo menos una persona para la batida. “Podía reunirse de 300 a 400 personas en cada batida, todos guiados por el “monteiro” mayor nombrado por el señor feudal, junto a las “voces”, personas que observaban el terreno desde sitios altos para indicar por donde iba el animal” explica Davide Pérez.

Cuando se veía al animal, se tocaban las campanas o se hacía fuego en un alto para avisar de su presencia a los vecinos, así el “monteiro” mayor iba dirigiendo el grupo mientras batían en el suelo y en la maleza con todo tipo de herramientas” señala Pérez. En pasos estratégicos se colocaba a más personas para que no huyera.

Cuando el lobo caía en el foso, la gente intentaba sacarlo vivo. “Después lo paseaban, humillaban y ultrajaban en el llamado “paseo del lobo”, la gente iba dando presentes para hacer una gran fiesta como final de la montería” describe Pérez. “Al lobo podían romperle las patas para soltarle a los perros, era un acto de humillación”.

En total, los fosos de lobo en cruz son tres, el de Viana do Bolo, Bande y otro en Vilariño de Conso. Los dos primeros están restaurados, el de Bande a medias aunque el año que viene se realizarán más obras de restauración, mientras que sobre el de Vilariño aun no se ha actuado. Los trabajos en Viana llevan consigo una puesta en valor del monte mediante la recuperación del patrimonio.

En conclusión, el lobo fue un competidor del ser humano que lo persiguió hasta casi su extinción. Esta lucha contra la “bestia” hizo nacer una serie de ritos y colaboraciones entre vecinos y vecinas que así, también fortalecían los lazos comunitarios. A día de hoy, la extinción total del lobo podría suponer la proliferación de especies que, si se da el caso, podrían incluso transmitir dolencias al ganado.

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