El anarquismo fue una ideología con mucha influencia a principios do siglo XX. En esa época abundó también la represión política. Ante esto, muchos tuvieron que marchar, pero, ¿quién sabe algo de ellos? El profesor e historiador Bieito Alonso, de Ourense, se preocupó por visibilizar la situación, sensibilizarla y «dar voz a los que no pudieron tenerla». Lo hizo con su libro «Anarquistas galegos en Américaen el que cuenta la historia de los emigrantes gallegos entre 1890 e 1925.

A día de hoy, está en su cuarto año en París trabajando de profesor para el Ministerio. Con su libro de claro carácter historiador, busca también la «perseveración histórica». Galicia Confidencial tuvo la oportunidad de hablar con él de los emigrantes gallegos, del anarquismo y de la situación actual de Galicia.

G.C: El pueblo gallego sigue siendo un pueblo emigrante?

Bieito Alonso: Yo no soy un especialista en el anarquismo. El tema de la inmigración es un pozo sin fondo y que siempre presenta dificultades para ser estudiado. La inmigración es un factor fundamental de la identidad gallega histórica, sigue siéndolo a día de hoy.

G.C: Por que una obra sobre el anarquismo?

B.A: Se tiene trabajado mucho sobre aspectos cuantitavios. Esta es una obra más bien cualitativa. No había hasta ahora una vista general a este otro mundo del movimiento obrero en los países de acogida en el exilio.

Una perspectiva muy interesante es la transnacional. No se mira directamente a E.E.U.U, a Argentina o Brasil (entre otros), sino que se intenta ver como ellos se incorporan, a un movimiento totalmente transnacional. Es decir, a un movimiento sin un núcleo claro, con varios puntos de referencia. Los gallegos entraron en contacto con anarquistas, en muchos casos también europeos emigrados y llegaron a tener gran importancia en los movimientos sociales en los países de acogida.

Muchos de esos gallegos, antes de emigrar, no eran anarquistas. Se debe a que los gallegos cubrieron los puestos de trabajo que nadie quería. Se vieron en una situación precaria, con salarios bajos y con un alto grado de contradicciones. Además, muchos de ellos marcharon con 16 años, o sea, en un momento considerado de aprendizaje política para las personas.

G.C: Qué fue después de la gente que emigró?

B.A: Hubo de todo. En aquella época los estados -igual que hoy en día- echaban fuera a la gente que no querían. En su momento, los países hicieron una serie de leyes para expulsar a los que consideraban como conflictivos. Era la gente que rompía con el orden social y generaban conflictos ideológicos con el poder. Había leyes, que además se aprobaban en forma de consenso entre los países.

Una parte de ellos volvieron, los expulsaron de nuevo y acabaron volviendo clandestinamente con nombres cambiados. Otros, tuvieron la suerte de poder quedar en Galiza y realizar actividades sociales en el país. Hubo incluso quien quedó y luego fue fusilado en la Guerra Civil por el bando franquista. Los anarquistas siempre sufrieron la represión, de cárceles a fusilamientos.

G.C: Siendo casi obligada la pregunta, usted se considera anarquista?

B.A: No, ideológicamente no tengo mucho que ver con ese mundo. Hay cosas que sí que entiendo, como su escepticismo de cara a la política institucionalizada. Luego también hay cosas de su análisis de la estructura política que puedo compartir, pero no me defino como anarquista ni me introduzco en su marco.

G.C: Considera a los anarquistas idealistas?

B.A: No. De hecho, son mucho más pragmáticos de lo que parecen, igual expresan su praxis de una manera que igual no es la mejor. De todas formas, muchos de ellos intentaron crear sindicatos, organizaciones, etc. También acostumbraban a estar preocupados por cuestiones muy importantes, con una enorme actividad cultural, como la educación. El periodismo lo consideran vital, teniendo casi siempre un periódico allá donde estén. Este tipo de cosas son las que sí que comparto.

A veces también hay un prejuicio de cara a los anarquistas, en el sentido de que se piensan que «pasan de todo», pero para nada, eles tienen su marco teórico y conceptual establecido.

G.C: Hoy, romper con el orden social establecida, la propiedad sobre los medios de producción, entre otros ideales fuertes en aquel momento, se ven más alejados. Por qué crees que pasa esto? 

B.A: Cambió la sociedad y también la forma de producir. La idea de la fábrica y del proletariado industrial se esfumó bastante. La globalización no se vio venir desde el anarquismo. Así, cambiaron las dinámicas productivas y las relaciones sociales. El concepto de clase cambió también. Sigue habiendo conflictos, pero de otra manera. Tiene mucho más peso el sector servicios que el industrial. 

G.C: Entonces, consideras que ya non hai clases sociais?

B.A: En todo caso son clases sociales con características diferentes. Hay un planteamiento muy dramático al que, desde nuestro punto de vista -el Occidental- se tiende poco. Hoy, más que clases en el mundo Occidental, que las hay, esa división de clase se trasladó de una manera más palpable al planeta. Incluso siendo clase obrera de Occidente, podemos beneficiarnos de lo que trabajan los países más pobres para nosotros. Lo conocido como el imperialismo. El modelo de vida de las sociedades occidentales cambió mucho en los últimos 100 años. Sin embargo, sigue habiendo unos que se benefician del trabajo de los otros.

G.C: Muchos autores, hablan de la parcialización de la ideología, es decir, antes la gente se declara aanarquista, marxista o socialdemócrata todas ellas con un marco teórico estructural claro del capitalismo, pero hoy vemos más reflejadas en la realidad social una demanda de las medidas concretas, coma el caso del feminismo, de las luchas LGTBI, del cambio climático, animalistas, etc. Como consideras estos cambios?

B.A: Sí, se ve también en los gobernantes, que llegan al poder sin decir exactamente su ideología política de forma definida. Consideran que el sentido de ideología como tal está desfasado temporalmente. Yo no creo que sea exactamente así, pero sí que hay ciertos factores que relativizan ese componente ideológico.

El centro de actuación está desplazado, los conceptos tradicionales no permitieron un cambio total en las vidas de las personas. Por ejemplo, la existencia de los países socialistas no generaron sociedades totalmente iguales en géneros ni mejoraron el cambio climático. Estos nuevos movimientos cuestionan factores transversales que realmente pueden traer grandes mejoras para las sociedades del futuro. Aunque esto pueda ser calificado como reformista.

G.C: Sí, también si piensa en el feminismo, no piensas en la identidad del Partido Feminista como tal. 

Exactamente, ahora hay más capas. Los anarquistas también tuvieron contradicciones en estas cosas, por ejemplo en el propio feminismo. Pese a considerarse al anarquismo como un movimiento progresista, pensaron que el reconocimiento de los derechos de las mujeres no eran tan importantes en su momento. Criticaron al feminismo burgués, pero no daban más soluciones, cuando los cambios sociales reales sólo vienen a través de las mujeres.

G.C: Cree que el anarquismo cayó por motivo de estas contradicciones?

Ellos también tenían rivalidad con los marxistas. El anarquismo tuvo el problema de que no pudo fijar sus proyectos en una realidad concreta. Las comunas fracasaron en cierto sentido, eran bastante embrionarias. Ese cambio tan profundo y determinado de cambiar el sistema era muy complicado, lo que no quiere decir que el devenir de las historia no nos lleve a una revolución.

Pienso que su radicalidad en el discurso, que podía atraer a la gente, fue un poco su propia tumba. Sin embargo, es algo que aún no murió, se ven anarquistas en las revueltas sociales de hoy en día, por ejemplo con los chalecos amarillos en Francia.

Continuando con la política, de esta vez más institucional, como ve el actual momento del nacionalismo gallego con el escaño obtenido por parte del BNG en este 10N?

Yo no tengo ningún vínculo directo con el nacionalismo como ideología política. El nacionalismo gallego está para quedarse, siempre ten fases mejores y peores, pero permanece en Galicia. Tiene también que pasar su adolescencia y convertirse en «adulto». Debe servir al país de una manera distinta que de anunciador de los males, más bien como alternativa y sanador de los mismos.

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