Faladoiros nace como una vía de fomentar el aprendizaje del gallego entre personas que no lo hablaban y también para mejorar la fluidez de gallegohablantes que usan muchos castellanismos. Irene Romeiro y Jessica Iglesias forman parte del grupo de gentes detrás de los Faladoiros vigueses. Por su parte, Marta Salutregui creó un grupo pequeño a través de las redes sociales para vídeoconversas en gallego en Ferrol. La cuestión es que ambas iniciativas comenzaron y siguen en lugares donde el relevo del gallego por el castellano es un hecho prácticamente desde hay más de un siglo.

NEOFALANTES, DIGLOSIA Y SUSTITUCIÓN

“Comenzamos aquí en Vigo con un grupo de personas que querían expresarse en gallego y entre esa gente había «neofalantes», gallegohablantes y gente que no lo hablaba, pero la cuestión era poner en marcha una iniciativa como esta en la ciudad” dice Irene Romeiro, una de las personas que comenzó con Faladoiros. Otra persona que también participa es Jessica Iglesias, quien señala la dificultad de la que partía un proyecto como este. “En Vigo la sustitución por el castellano y la diglosia están muy avanzadas” dice Iglesias. “Aquí hay gallegohablantes, pero la transmisión familiar ya se ha cortado desde dos o más generaciones”.

En un principio Faladoiros eran reuniones que se realizaban en locales. Llegada la COVID, se pasó al uso de las redes sociales. Este mismo sistema es el que Marta Salutregui usa en Ferrol para “crear un grupo reducido y empezar a hablar entre nosotros en gallego”. Marta ya lo había intentado antes pero no había conseguido reunir suficientes interlocutores. La cuestión es que ahora la idea va tomando forma, con todo, quiere que la idea se extienda y cree grupos pequeños que vayan tejiendo una red de hablantes a través de las nuevas tecnologías.

“En mi barrio hay muy poca gente que hable en gallego, incluso hay familias que cortaron con la lengua hace dos, tres o más generaciones” dice Marta. En concreto, el barrio de Caranza en Ferrol, donde vive es un lugar donde “hay una gran diglosia”. En esto pudo influir el hecho de la llegada de personas de fuera de Galicia para trabajar en los astilleros o en la Armada.

“La diglosia se acusa en las grandes ciudades, aunque ahora mismo las villas también están en proceso de diglosia y también entornos muy urbanizados” dice Jessica. “La ruptura de transmisión del gallego ya lleva generaciones en Vigo” indica Irene. Por eso entre las personas que se acercan a estos encuentros hay gente que procede de diversos ámbitos sociales “mismo tenemos gente de América Latina y África”.

La edad tampoco importa porque “viene gente de entre los 20 a los 60 años” y la intención a día de hoy es mantener activos los Faladoiros. Para eso crearon la versión online “que tuvo más éxito que la presencial”, aunque esta última también había atraído un número importante de personas. “Yo como mucho quería un número limitado a tres o cuatro personas” dice Marta. “Tenía miedo que se masificasen y trabajar con grupos grandes puede acabar por ser complicado”.

FALTA DE MEDIOS

“Ser «neofalante» hace que estés explicando por que has dado ese cambio al gallego y eso a veces es incómodo” señala Marta, quien, como muchos, también ha visto como la propia administración gallega no se molesta en ayudar o fomentar la lengua. “También cuando daba aulas a chicos que me conocían, se sorprendían del cambio”.

El trabajo que hace Marta podría tener apoyos de la misma administración aunque “no me interesa insititucionalizar esta iniciativa”. Sabe que “la Xunta tiene medios para crear iniciativas semejantes, pero a mí no me interesa”. No obstante, su ánimo hace que esté interesada en recoger cuanto conocimiento sea posible. “Conozco a un profesor en Glasgow que está haciendo un trabajo sobre la influencia de la COVID en la transmisión del gallego”.

Realmente estamos haciendo un trabajo que habían debido estar realizando otras instituciones” dice Irene Romero. “Nos gustaría crear más iniciativas, más proyectos, el problema es que no tenemos medios bastante” señala Jéssica Iglesias. “Estudiaremos ampliar horarios, desdoblar grupos para que no se masifiquen y ampliar a tres días los encuentros”. “Tenemos trabajo, cierto y también es cierto que nos gustaría expandir el proyecto” finaliza Irene.

Ambas experiencias carecen de los medios suficientes para materializar nuevas ideas. Por otro lado, es incuestionable el esfuerzo que realizan por recuperar el gallego en áreas cada vez más desgalleguizadas o ya desgalleguizadas. La realidad es que ahora mismo, junto a estos dos proyectos existen otros en Galicia que buscan las mismas metas con respeto al idioma. Y aun así, las autoridades con competencia en la materia no están ayudando mucho, aseguran.