En la radio suena una música cualquiera. Del mar viene el graznar de las gaviotas o el sonido de los barcos cuando arriban. Es el paisaje sonoro que envuelve el trabajo de las rederas. Más cerca de ellas pueden sentirse los hilos entrelazándose con una técnica veloz, perfecta, que pasó de generación en generación. Son unas cuantas mujeres que dedican su vida a tejer las redes con las que luego los marineros salen a pescar al mar. Las cosen en su regazo mientras conversan de política, de los hijos, de la casa, de una película que vieron a la noche… No son las de los barcos las únicas redes que tejen.

Aunque viajan mucho – «allá donde se muevan los barcos, allá vamos nosotros» -, el Xornal de Vigo las pilló en plena faena en el Puerto de la ciudad. Casi todas superan los cincuenta años y a poco que les tires de la lengua, cuentan esperanzadas que acaba unirse al grupo una chavala portuguesa más joven: «La tenemos como oro en paño!». El relevo generacional en este oficio vital para el sector pesquero se encuentra en una situación muy delicada. «Cuando nosotros nos jubilemos, si nos jubilamos…, a ver quién hace esto», dudan.

UNA VIDA EN LAS REDES

Al principio, cuando ellas empezaron la trenzar sus primeras redes, no llegaban ni a la mayoría de edad. Eran un grupito de diez chavalas de 15 años. «De esa remesa seguimos todas, pero ahora no viene nadie». Manola recuerda que cuando acabó el colegio y le comentó a su madre que quería ser redeira case la echa de casa. «A mí se me daban bien los estudios, sobre todo las matemáticas, y también me gustaba la enfermería, pero mira, al final acabé aquí. Ganaba 200 pesetas, me daba para el cine!«, relata con orgullo. A las compañeras Chelo y Nieves les vino el oficio de familia, pero de primeras a ninguna le entraba mucho por el ojo. «Yo no quise estudiar… Y la donde vas? A las redes! Al inicio no me gustaba, pero ahora sí».

El gusto por el oficio también lo fue adquiriendo Nieves despacio. Ella se había formado para costurera, pero acabó cayendo en las redes. «Cambié una aguja por la otra!», dice sonriente. Según cuenta, lo más importante que aprendió en el trabajo de redera fue a valerse por sí misma y no depender del marido. «Me siento valorada porque yo trabajo y coopero en la casa. Para mí eso es una satisfacción muy grande».

Chelo cuenta que discuten mucho con los armadores. «Ellos tienen unas redes precisas para cada clase de pescado, cada uno quiere su cosa, y tú tienes que estar para todos», relata. En el mundo del mar, los roles de género en el trabajo están muy enraizados: ellos, los armadores, son todos hombres. Ellas, las redeiras, todas mujeres. «No les gustará sentarse en el suelo», cavila sonriente Chelo. «¿Será porque la red es muy delicada?», se pregunta Manola. «En malla grande sí que hay hombres, trabajan de pie», cuenta.

EN PRECARIO

El «compañerismo» y la «lucha» caminaron siempre a la par de las redeiras. «Nos costó mucho conseguir la cotización. Hubo movilizaciones en Santiago y Vigo, con policía incluida que nos venía a echar de la Xunta», recuerda Manola. De aquello ya hace bastante tiempo, pero aún es hoy el día en que se ven en la necesidad de seguir reivindicando mejores condiciones laborales: en Vigo no tienen nave para abrigarse del mal tiempo y en Cangas precisan una más grande. Además, si bien trabajan para una empresa, todas ellas son autónomas, o «automonas», puntualiza Beatriz. «Trabajar y pagar».

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