Los investigadores de la Universidade de Santiago de Compostela (USC) Salvador Bará y Fabio Falchi alertan de los peligros de la contaminación lumínica en un comentario difundido en la revista Science, en el que llaman a establecer indicadores y líneas rojas que no se pueden cruzar para paliar este tipo de emisiones contaminantes.

«La pérdida de la noche estrellada es una carencia sin precedentes para todas las culturas», avisan. Los autores reflexionan alrededor de otra investigación publicada en el mismo número de la cabecera y que constató cómo el brillo nocturno artificial de la Tierra estaría aumentando un 9,6% cada año desde hace por lo menos una década.

«Cuanto más brillante es el cielo nocturno, más brillante debe ser una estrella para ser vista por el ojo humano sin ayuda», relatan en el texto el actualmente profesor jubilado de la USC Salvador Bará y el doctorando de la institución compostelana Fabio Falchi.

En el estudio, cuyo primero firmante es Christopher C. M. Kyba, se apunta también a la necesidad de satélites que detecten la luz en diferentes bandas de color. Bará y Falchi subrayan los defectos existentes para detectar la luz emitida casi horizontalmente, por ejemplo, a través de las vallas publicitarias LED ultra brillantes o de las fachadas de los edificios.

En este sentido, los investigadores subrayan la necesidad de paliar estos puntos débiles mediante satélites de nueva generación equipados con capacidad de monitorizar múltiples longitudes de onda y en múltiples ángulos.

«Tal vez el mensaje más importante que la comunidad científica debería extraer del estudio es que la contaminación lumínica está aumentando, a pesar de las contra medidas supuestamente puestas en marcha para limitarla», explican. «Debe aumentar mucho la conciencia para que la luz artificial nocturna se perciba no como algo siempre positivo, sino como el contaminante que realmente es», añaden.

«La mayoría de las personas asocian la luz artificial con la seguridad vial y la seguridad personal, conexiones que no están bien apoyadas por la evidencia», afirman. Así, año tras año, se instalan más luces que, a juicio de los autores, generan «notables consecuencias». «Los astrónomos se dieron cuenta rápidamente de que las luces nocturnas afectaban su investigación y, por tanto, alejaron los observatorios de las ciudades», razonan.

«Para empeorar las cosas, están lanzándose miles de satélites a órbitas terrestres bajas. Esto evitará que toda la humanidad pueda admirar un cielo prístino en cualquiera parte del planeta. La experiencia en la naturaleza que uno puede tener en un parque nacional por la noche, por ejemplo, puede verse cada vez más afectada por los resplandores de las ciudades y las megaconstelacións de satélites», aseguran.